El mundo interior de Cuba

¿Qué sería  de Cuba si le quitáramos las playas paradisíacas, los coches antiguos, las mulatas, el tabaco, el ron y la salsa? Más allá del maquillaje superficial y del supuesto paraíso que la representa, aparece la silueta de una isla mucho más imperfecta. Imperfectamente luchadora, superviviente, original. Imperfectamente perfecta.

Desde los primeros navegantes y colonizadores hasta los curiosos turistas que ahora recorren La Habana —ansiosos de fotografiar a cubanos con tabaco en boca y vestimenta “local”—, se ha maquetado minuciosamente dos cubas: la del turista y la del cubano.

El epicentro del turismo se encuentra mayoritariamente en La Habana, capital del país, y en los diversos complejos turísticos. En ellos, se crea una micro-realidad donde todo es posible. La langosta, la carne de búfalo o de ternera —prohibida para los cubanos— abundan en estos resorts de «todo incluido» y todo permitido. Eso sí, la diversión está asegurada. Tanto en los resorts de Varadero (Matanzas) como en los de Guardalavaca (Holguín), los turistas pueden disfrutar de una cálida semana con cantidades ingestas de comida, bebida, música, playa y por supuesto: camareros felices. Claro, porque les entusiasma cobrar 500 pesos mensuales (aproximadamente 20€) por rellenar tu termo de cerveza y tu boca de comida.

¿Qué hay en los 1.250 km de extensión de isla?

CUBA MÁS ALLÁ DE LA HABANA

Cuando desciendes la isla, el paisaje del alrededor se estira, se fragmenta y se vuelve a juntar a modo de plastilina, para ofrecernos una estampa muy diferente de la que atrás habíamos dejado.

Paramos en Guaro, municipio rural de alrededor de 16.000 habitantes. Una parte asentada en el núcleo del pueblo y la otra dispersa a las afueras y en las montañas. Allí,  donde nada cambia y donde el tiempo transcurre lento, pastan los animales y aran la tierra con bueyes o caballos. Sin duda un retrato muy diferente al de las terrazas de la Plaza Vieja en la Habana, donde se trasluce un “comunismo” mucho más fresco, cómodo y elegante. En la entrada del pueblo nos da la bienvenida el tanque con el que el Ejército Rebelde toma Guaro un 8 de noviembre de 1958. Ese bendito día de noviembre, el pueblo se llena de timbiriches (kioscos) con cerdo asado, algodón de azúcar, rositas de maíz (palomitas) y catres (cama plegable utilizada como mesa para vender artesanías, chucherías, etc.). También llega al pueblo un camión con alimentos básicos como la yuca, el boniato o la harina de maíz. Unos vienen con bolsas de plástico y otros con saco. No saben cuándo podrán volver a comprar.

Nos han dicho que en Guatemala, a unos 20 km de Guaro, podremos comprar pescado fresco. Éste no llega a los pueblos porque la mayoría se lleva a las ciudades y a los resorts, donde canadienses, ingleses y españoles, llenarán sus estómagos con las delicatesen del mar. Allí conocimos a Yordanis, antes traumatólogo, ahora pescador. Al día puede ganar unos 100 pesos (unos 4€) vendiendo pescado en comparación a los 1000 pesos mensuales (unos 35 diarios) que ganaba como médico. Rápidamente nos abrió las puertas de su casa, nos brindó café y nos invitó al cumpleaños de su hermano y a la playa. Aceptamos la propuesta.

Yordanis trajo música. Porque no hay Cuba sin música ni música sin cubanos. Le dio al play justo al subirse a la patana y como domingueros de sombrilla y nevera, llegamos a Cayo Saetía. Y nos fuimos. Porque no fuimos bienvenidos en ningún trozo de arena de los 42km². «Están esperando visita y por motivos de seguridad no nos dejan entrar», nos confirmó Yordanis. « ¿No nos dejan bañarnos en una playa pública?», pregunté. «Cuando hay visita solo pueden entrar los turistas, que son los que pagan». En la cola del disfrute y el gozo se encuentran en un primer lugar, con gran ventaja respecto a los últimos, los políticos cubanos del Partido Comunista, seguido de los extranjeros y si queda algo por aprovechar, los cubanos.

Pero Yordanis siempre tendrá su altavoz con reggaetón. Más allá de La Habana todo ocurre: se estremece el aire, se mezclan las luces, las voces y los gritos, se huele a madera, a lluvia, a verde húmedo. Se vive mejor.

LA CUNA DEL COMUNISMO

Calle Enramada, Santiago de Cuba

La tela enredada del cableado se pasea por encima de nuestras cabezas. El ruido de la calle junto al de las cafeterías, puestos de relojería, tiendas de zapatos, y hasta una tienda Adidas, te estremece el cerebro. A solo 100km de Guaro, donde reinan los carros de bueyes y las bodegas desérticas de comida, se encuentra Santiago de Cuba. Rodeada por las montañas de la Sierra Maestra en donde se organizó la guerrilla revolucionaria y muy cerca de la casa natal de los Castro, en Birán.

«Los santiagueros no se quedan callados. Cuando les falta leche, carne o papas, se queja todo el mundo. Así que nos quitan la producción de los pueblos de la zona de oriente para enviárselo a ellos. Les tienen miedo». El Chino, como lo llaman —no porque fuera chino sino porque nació con los ojos rasgados y el pelo pincho—, vive en Guaro y nos acompañó a Santiago. Busca trabajo desde hace años, y de mientras, vive. Porque tanto si trabajas como si no, el dinero en Cuba siempre sale de otro forma. Se ha creado una especie de mercado interno en el que la oferta y la demanda depende de si alguien ha comprado todo el jabón que salió en la tienda. Así que la oferta se reduce a una única persona y la demanda a todo el pueblo. El modus operandi cubano.

ROZANDO EL LIMBO

Pared pintada. A la izquierda la figura de los colonizadores y a la derecha los aborígenes. Baracoa

Hace dos años se avecinaba el fin del mundo en Baracoa. El cielo se tornó escalofriantemente negro. Los altavoces del pueblo anunciaban un inminente maremoto, «suban lo antes posible a la colina del Castillo y mantengan la calma». «Mami recoge todo lo esencial y vámonos de aquí, ¡corre mami corre, que viene! Salimos de la casa y ella caminando como si estuviera de paseo. Pero mami que viene un maremoto, ¿¡no lo entiendes?! Al final no vino nada y menos mal, porque nos hubiese cogido los primeros», nos explicaba Luisito mientras comíamos un bacán, plato típico hecho con carne, plátano verde y leche de coco.

«Dicen que Cuba se descubrió por Cayo Bariay, en Holguín. Pero cuando Colón escribió cómo era el lugar que veían sus ojos lo hizo describiendo un paisaje similar al de Baracoa, no al de esa zona», nos explicó Luisito. Estudia la carrera de medicina porque algún día quiere ser cirujano, porque tiene vocación y quiere ayudar en su país o en cualquier sitio.  Muchos otros —la mayoría— se decantan por la medicina como posible vía de escape. Saben que puede ser una oportunidad para hacer una “misión” (colaboración de médicos cubanos en otros países de Latinoamérica) y tener un ingreso más elevado de dinero.

Sólo si conoces la Cuba de los cubanos, puedes responder a la pregunta del principio. ¿Qué sería  de Cuba si le quitáramos las playas paradisíacas, los coches antiguos, las mulatas, el tabaco, el ron y la salsa?

Todo.

 

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