Por el camino, los caminantes

¿Qué será del pueblo cuando ya no quede nadie? Cada verano me preguntaba lo mismo. De pequeña no podía imaginarme unas vacaciones sin rasgarme las rodillas en sus callejuelas de piedra o reírme y llorar de yo que sé qué. Con apenas 600 habitantes y a 35 km de la provincia de León, se encuentra el pueblo Villares de Órbigo.

Catedral de León.

León es una ciudad con una gran historia y una tradición jacobea que se encuentra a orillas de la recta final del camino, a unos 300 kilómetros de Santiago de Compostela. El casco viejo de la ciudad leonesa, aunque pequeño, es muy interesante por sus callejuelas que conectan con la gran joya de la corona, la Catedral de León también llamada Pulchra leonina. Una de las grandes obras del estilo gótico que sin duda alguna, lo que más llama la atención de ella son sus muros y sus coloreadas vidrieras en el interior. Pero si hay algo que caracteriza a la ciudad y gran parte de la comunidad de Castilla y León, es el buen comer. Y es que otra cosa no podrás encontrar en el casco antiguo de la capital leonesa, pero las tapas de los bares del barrio húmedo serían capaces de curar las ampollas de cualquier peregrino.

Sí, peregrinos. Es una de las cosas que mejor recuerdo de aquel pueblecillo olvidado. Porque por Villares de Órbigo, se encuentra una parte de las rutas alternativas del Camino de Santiago, el Camino Francés, uno de los tramos más concurridos de todas las variantes existentes. Lo que diferencia a este camino del resto son las pequeñas villas que aparecen en mitad de la nada. Y allí en la nada, es donde pasa realmente todo.

Siempre me había fascinado asomarme a la puerta de la vieja casa y detenerme a observarlos pasar. A veces eran ellos los que se acercaban a preguntar por la farmacia -buscando un cargamento de tiritas para curar sus ampollas-, el caño -pues así se llama a la única fuente de agua potable del pueblo de la que todos nos abastecemos-, la tienda o simplemente un banco. Me entusiasmaba ofrecerles un trago de agua o cualquier otra cosa que pudieran necesitar. Me sentía como una auténtica súper heroína. Otras veces, preguntaban indicaciones para continuar con su caminar o nos uníamos con ellos hasta el pueblo siguiente buscando temas de conversación. Curioseando.

He visto hacer el camino de muchas formas distintas: a pie, en bicicleta, en burro o caballo, en silla de ruedas, etc. Y he conocido historias andantes de promesas, devoción y de aventureros empedernidos. Por aquel entonces, todos ellos pasaban de largo porque en el pueblo no había albergues ni ningún sitio en el que hospedarse. Así que normalmente se dejaban ver por las mañanas cuando venían del pueblo vecino para así llegar al próximo albergue antes del atardecer.

El pueblo es pequeño, y la mayoría de sus gentes, ya mayores, viven de la agricultura mientras que los más jóvenes con el paso del tiempo se han ido trasladando a otras ciudades a estudiar o en busca de nuevas oportunidades laborales. Hubieron inviernos desérticos, seguidos de veranos un poco más vivos con personas que, pasábamos allí la temporada para disfrutar de la familia y desconectar de la ciudad, hasta que de nuevo llegaba el frio. Muchas de las casas estaban abandonas y las pocas voces que quedaban en Villares comentaban que ya está, que el pueblo moría. Más tarde llegó Christine.

Christine es una mujer belga que a sus 50 años decidió hacer el Camino. Tanto le gustó que cambió su profesión para poder tener más tiempo libre y así explorar y hacer otros caminos alternativos que llegan a Santiago. Pero en uno de sus últimos recorridos decidió hacer una parada sin fecha de vuelta. Compró una vieja casa del pueblo de Villares, la reformó y la habilitó para que otros peregrinos pudieran disfrutar de ella. Hoy, ya no existen más inviernos sombríos. El pueblo goza de un aire diferente. Christine ha traído a los peregrinos que ansían dormir en el pueblo, ha traído oxígeno. Quizás el pueblo, ahora ya no se quede vacío.

 

 

 

 

 

 

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