“Arturismo”

Londres sin la National Gallery, París sin el Louvre, Nueva York sin el Moma, España sin El Prado. ¿Qué sería de estos y muchos otros destinos sin estos bienes tan preciados? Pero la pregunta es la siguiente: cuando hacemos un viaje, ¿visitamos un museo porque realmente nos gusta el arte o porque forma parte de un itinerario turístico?

La palabra museo procede del griego Museion, lo que significa la casa de las Musas, deidades vinculadas a las artes y a la memoria. Desde la antigüedad existían museos, entendidos como agrupaciones de objetos considerados valiosos que muchas veces se guardaban en los templos y allí eran mostrados a los fieles.

Si tecleamos en un buscador cualquiera de los destinos, una de las primeras cosas que podemos encontrar son sus museos y con ello, sus obras más importantes. O mejor dicho, las más transcendentales a lo largo de la historia, y a su vez, las más visitadas.

No me di cuenta de este fenómeno hasta que decidí, durante mi vista a París, visitar El Louvre. Como historiadora del arte, me fascinaban todas y cada una de las colosales salas y obras que allí se mostraban (que no representan ni un tercio de la colección que albergan sus almacenes, dicho sea de paso). Largos pasillos con pocos visitantes, hasta que al llegar a la primera planta, ahí estaba ella, Lisa Gherardini o más conocida como Monalisa o Gioconda, pintada por el gran Leonardo Da Vinci. No la reconocí al verla, pues su retrato apenas supera los 80 cm (77×53 cm). Una gran muchedumbre de turistas levantaban sus brazos para fotografiarla, hacerse selfies o ponerle orejas de perrito con el filtro de Snapchat. Así es, recuerdo a la perfección las maravillosas obras que colgaban de las paredes contiguas a la sala, pero los flashes y las miradas solo se centraban en ella. Famosa por haber sido robada y contemplada con la incerteza de si es o no la original. Este no es un caso aislado. Y es que seguramente todos hemos vivido las insufribles colas a estos lugares en los que una vez dentro el visitante recorre el museo a modo de “crucero” para sacar alguna fotografía y ver las obras que aparecen en el folleto de información o en su guía de viaje.

Y aquí la paradoja de las visitas a los museos. Es poco el consumo que se hace de la cultura y en especial del arte y cuando se produce se hace de forma masiva. Uno de los principales problemas de los museos son las pocas visitas que reciben, mientras que los grandes museos como los citados anteriormente, son sustentados en su mayor parte por los turistas. No podría afirmar o negar que este fenómeno beneficia o repercute la esencia del arte y de los que sí aprecian su belleza y una tranquila visita por un museo, pero en todo caso es un hecho real. Viajamos y consumimos arte.

Manadas de turistas que no podrían volver a casa sin haber visto (o sin decir que han visto) el Louvre, la National Gallery o los Uffizi, recorren a paso de corredor de maratón una larga sucesión de salas (…) logrando a duras penas ver la obra-fetiche, y salen habiendo obtenido escasa información y un goce estético totalmente superficial”.  Umberto Eco.

 

Acerda de

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