Diario de Tánger

Tánger, Marruecos

Un día me explicaron cómo diferenciar las estrellas de los planetas: las primeras parpadean. Simple. ¿Es estrella o planeta lo que veo cerca de esa Luna? Una Luna ahora creciente, que se convertirá en nueva cuando el Ramadán culmine.

Sakina. La mujer de rasgos duros que no nos inspira simpatía; «¿por su forma de vestir?», nos preguntamos. Y es que, en este viaje lo único que hacemos es desaprender, callar, ver, sentir: conocernos. De repente, el silencio del vagón del tren se interrumpe con una pregunta de esa desconocida de rasgos duros.

—¿Sois italianas?

—No, venimos de España y de Chile —respondimos.

Parece estar contenta con la nueva información. Ahora los rasgos se han vuelto más frágiles, expresan dulzura, la misma que más tarde le dice tener a Mel.

Paz, tranquilidad y presencia divina, significa el nombre de Sakina. Sus hijas se llaman “río del paraíso”, “éxito” y “camino a seguir”; Kaoutar, Faïza y Houda respectivamente. Porque en Marruecos todos los nombres son una palabra, un concepto. «Después del iftar venid a casa a tomar el té», nos ofreció casi como una obligación Sakina. El iftar es la comida nocturna con la que se rompe el ayuno diario en Ramadán y el momento en el que la familia se reúne para celebrar, y rezar.

El tren hace su última parada en Tánger. La ciudad de todos, el limbo entre África y Europa, la frontera entre el desconocimiento y la realidad. ¿Qué pasa en esa ciudad de la que todos hablan, en la niña de los ojos de medio mundo occidental? La Medina me parece más pausada que la de Fez y sus comerciantes menos agresivos. Nuestras caras y nuestros cuerpos, poco árabes, poco de aquí y mucho de allí, parecen pasar desapercibidos. Recuerdo aquella frase en la guía del tren: «Tánger es como la mujer con arrugas que ya no se quiere mirar al espejo». Tiempo atrás fue joven y egocéntrica. Por aquel entonces, iconos de la música, la pintura y la literatura la idolatraban. Ella, Tánger, les inspiraba. De hecho, aún quedan los restos de aquellas calles, antes italianas, francesas, españolas y americanas. «Ahora es todo Morocco», nos dice un hombre que nos para en la Medina para aconsejarnos no andar por las calles durante el iftar.

Son las 21:30. Nos parece que ya han debido comer. Sakina nos recibe en un amplio salón protagonizado por un sofá que ocupan las tres paredes en forma de “u” al revés. El centro está presidido por una mesa circular repleta de dátiles, dulces propios del Ramadán y té de menta y verbena. En el suelo, una alfombra que pisamos con los pies descalzos. El techo alto, ornamentado con molduras florales y detalles de corte clásico.

Sakina acaba de perder a su hermano. Piensa que Al-lāh nos ha puesto en su camino: «te creamos para que os conocierais», refleja el Corán. Nos explica que allí, en el paraíso, a las mujeres las esperan ángeles, que según el Corán, mujeres y hombres tienen los mismos derechos y beneficios. A mí no me convence, pero sí lo hace su fe. Una fe tan real y poderosa como la tinta del bolígrafo que escriben estas líneas.

Nos pregunta si creemos en Dios. Le respondo que creo en algo, aunque no sé en qué. Creo en el amor, en la gente, en la bondad. Creemos en lo mismo.

—Nos vemos pronto, Insha’Allah —se despide Sakina.

—Ojalá.

Acerda de

Sin Comentarios

Deja tu comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: