Las obras sin título de Gustav Vigeland

Niño Parque Vigeland

Frío, ese endemoniado enemigo que sin verlo es capaz de agarrotar manos, pies y hasta la lengua al comer un helado con demasiado afán. Si lo dejas actuar durante el tiempo suficiente consigue hacer mella en el carácter de toda una comunidad. Así lo hizo con la capital que brinda la norteña Noruega, personas sobrias, prudentes, lejanas. O quizás no, quizás es la pura subjetividad de un carácter latino como el mío en contraste con el norte. O tal vez sólo me dejo llevar por la asunción de esos tópicos nacionales que aprendimos para describir nuestro entorno.

Con razón o sin ella, tuve la gran suerte de pasear por las calles de Oslo y percibir que al menos su arquitectura y arte se alejan de la frialdad a la que muchos la sentencian.

Era el segundo día de visita y el tiempo azotaba. Lidia decía que hacía día de museo.

Bajamos del tren en el Parque Vígeland y agradecí, entonces, que la tormenta nos acompañara. El escultor noruego había petrificado más de 200 cuerpos desnudos a lo largo de 32 hectáreas. El lugar estaba casi vacío y el día gris acentuaba con sus sombras las expresiones y la sensación de misterio de aquellas estatuas.

A mi lado, Lidia se quejaba y repetía lo poco que le gustaba el parque. Yo me alejaba de ella con cada vez más preguntas en la cabeza. Preguntas para Gustav Vígeland. 

A unos 20 minutos en coche desde el puerto de Oslo, menos conocido, se encuentra el inmenso lago Neklevann, rodeado de pura naturaleza, igual de fascinante vestido de verde o cubierto de hielo. Imagino a Vígeland paseando embelesado a orillas del lago en 1942. Era el segundo año de ocupación Nazi en Oslo pero también el penúltimo año de vida del ya más que machacado artista.

Lago Neklevann, Oslo

Lago Neklevann, Oslo

Gustav Vigeland nació en Mandal -un encantador municipio al sur de Noruega- rodeado de artesanos, una familia humilde que supo transmitir su pasión (o único medio de supervivencia) al joven. Con 15 años viajó a la capital para formarse como escultor y comenzar así su búsqueda (y descubrimiento) de la mejor representación de la psicología humana plasmada en un santuario.

El artista cinceló la euforia y la inocencia de los niños, algunos jugando, otros berreando muy enfadados. Representó la sexualidad y erotismo en adultos, el desespero y la alegría. Talló la sabiduría y el miedo a la muerte en los gestos de ancianos.

Lo imagino introvertido (un poco como todos) procurando entender, desde su humilde posición, un entorno, una sociedad. Un mundo en el que nunca llegamos a encajar porque nunca lo terminamos de comprender. Imagino a Vígeland con ganas de estar solo, después de pasarse la vida retratando almas. 200 intentos, algunos más exitosos que otros. Lo imagino en Neklevann despidiéndose y tomando decisiones.

El parque fue la obra de su vida y murió creándola. Un regalo para la ciudad, para su pueblo. Su testamento establecía que el acceso al recinto fuera gratuito. Para todos.

Defino a Vigeland como, antes que artista, filántropo.

Nos alejamos del parque en silencio, leyendo el folleto que recogimos al entrar con las manos agarrotadas. Queríamos saber quiénes eran aquellos 200 personajes. Queríamos descubrir sus historias.

Pero es imposible.

Vigeland nunca les puso nombre. 

 

Acerda de

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