Los mineros de turquesa

Ruinas egipcias de Sarabit al-Jadim

La cultura es un concepto que abarca todo. Lo que aprendemos desde nuestros primeros años de vida hasta que morimos es parte de la cultura. Desde formalidades sociales hasta el lenguaje y nuestro alfabeto. La cultura evoluciona, cambia, se transmite, se retuerce, se abre y se vuelve a plegar. Tu cultura, la mía, es fruto de miles de años de transformaciones e influencias, siempre dependiendo de una piedra angular: el viaje.

Existen lugares en nuestro planeta que, sin saberlo, han creado las bases de nuestra cultura, tal y como la conocemos hoy en día. La Península del Sinaí, al este de Egipto, es un territorio de 61.000 Km2 cuadrados que, con todo su exotismo crece en popularidad entre los viajeros. Una tierra de dunas infinitas, sol, paisajes vírgenes, múltiples modos de vida y playas de cuento.

Península del Sinaí

Pero hoy queremos poner la lupa en un punto al sudoeste de la Península: Sarabit al-Jadim, que significa “la montaña del sirviente”. La tierra que dio luz a nuestro alfabeto fonético, tal y como lo conocemos hoy en día.

Ruinas del templo de Serabit

Corre el siglo XIX antes de Cristo y Egipto está bajo la soberanía del faraón Amenemhet III. Es época de estabilidad en el delta sudoeste del Mediterráneo. La Península del Sinaí es un hervidero de comerciantes. Las migraciones se asientan en la zona, desde asiáticos, egipcios del oeste del país y pobladores de Siria, el Líbano y Canaán. Los pueblos crecen en una tierra rica en materias primas y las piedras preciosas se transportan de norte a sur. Una de ellas es la turquesa, codiciada por reyes y mercaderes.

Mina de turquesa

 

Un gran grupo de mineros, cananeos en su mayoría, trabaja en la ‘montaña del sirviente’, extrayendo la preciada piedra verdosa de sol a sol. En Sarabit al-Jadim, alzaron el mayor templo minero a la diosa Hathor, Dama de la Turquesa.

Diosa Hathor de la turquesa

La escritura egipcia, por aquel entonces, pertenecía a las clases altas, ricos con tiempo suficiente para aprender entre 800 y 5.000 símbolos diferentes. Sólo el 1% de la población egipcia era capaz de escribir. La escritura encriptaba y registraba información, pero no servía para comunicarse entre la gente.

Todos aquellos extraños símbolos llegaron a manos de los mineros de turquesa, gente práctica que les otorgó un nuevo significado. Los trabajadores vivían aislados durante largas temporadas, largos días y noches de miedo por su vida y cansancio. Como todo el mundo, buscaban darle un sentido a su existencia. Querían escribir a sus dioses y registrar su día a día en la mina además de comunicar datos a sus compañeros de trabajo y de vida. Pero la simbología egipcia era compleja y poco útil.

Fue entonces cuando se les ocurrió la idea que llegaría en forma de abecedario hasta nuestros días. Asignar a cada símbolo, un sonido. La escritura no plasmaría ideas, sino fonemas. Crearían pues lo que hoy llamamos ‘letras’ capaces de construir un infinito número de conceptos cuyo límite está, únicamente, en el número de palabras. 

Evolución del alfabeto

Fuente www.orientalia.com

Como ejemplo, la palabra serpiente, Nahashu, se representaba por los egipcios como una línea con pequeñas curvaturas. Los cananeos le asignaron, por tanto, el fonema ‘N’ al ser la inicial de la palabra. Este símbolo, con pequeñas variaciones, es parte íntegra de nuestro alfabeto actual.

El sistema era práctico y atractivo, fácil de aprender y de transmitir. Era época de intercambio de mercancías y los comerciantes se habían convertido en transmisores de conocimiento. En sus viajes transportaban productos, historias, noticias y… cultura. El brillante invento de los mineros de turquesa se expandió a lo largo del territorio hasta que llegó a manos de los fenicios. Éstos adoptaron el alfabeto y lo transportaron en sus barcos hasta Grecia. Los griegos se enamoraron de este sistema fonético y lo adaptaron y difundieron entre su gente y países vecinos. A partir del griego viajó hasta el latín de los romanos y, bueno, el resto de la historia ya nos la conocemos.

La escritura plasma un modo de ver el mundo y configura nuestros pensamientos. Describe nuestra persona, psicología y, cómo no, nuestra cultura. Escribir y leer cada idioma construye la idiosincrasia de cada pueblo. Una cultura que, sin saberlo, debemos y agradecemos al ingenio de aquellos mineros de turquesa.

Acerda de

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